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Muchos de los famosos «horts» valencianos, han sido, en realidad, espléndidos jardines trazados sobre lo que eran antiguos huertos de cultivo. El origen de este hecho nos remontariía a la jardinería arábigo-valenciana, que tenía ese doble aspecto de huerto y vergel, por lo que es frecuente que al hablar de los jardines árabes se cite la huerta valenciana de aquella época. Fue entonces famosa la Almunia o jardines de la Villanueva, suburbio de Valencia que comprendía la parte llamada de la Vuelta del Ruiseñor y calle Alboraya hasta la orilla del río. Orellana da constancia documental de que esta calle, lugar de fundación de moros, se llamaba ya en 1660 «Arboraya», por sus muchos nichos árboles o arbres, en valenciano. Así se dice también en romance:

    “Este se llama Arboraya
    Que trabe este apelativo
    Porque fue hermosa arboleda
    Admirable en otros siglos.”

Esta zona siguió siendo de jardines hasta bien entrado el si¬glo XIX. La evolución en el tiempo de estos huertos-jardín nos lleva a los jardines del Palacio Real de Valencia cuyas tierras pasaron de ser huertos propiamente dichos a ser huer¬tos-jardín y, más tarde, jardines. Existe un dibujo fechado en 1563, que representa la ciudad vista desde un punto de observación elevado e imaginario, al Norte de la misma, práctica¬mente enfrentado a la puerta de Serranos.

Su autor, Anthonie Van der Wijngaerde, describe en su dibujo la ciudad elíptica inscrita en una llanura rodeada de jardines y campos. Los jardines no presentan una forma muy definida, pero distinguimos perfectamente el Palacio Real con sus tierras, y a su derecha, el llamado huerto de Frígola, considerado como uno de los más notables de su tiempo, que fue vendido para edificar San Pío V. Contiguo a éste, observamos también el Convento de Monjas de la Trinidad, con su huerto, cercado por cañizos al igual que los demás campos de cultivo que abundan en los alrededores.

En otra parte del grabado, se distingue el Convento de la Zaidía, con un gran huerto cercado que contenía gran variedad de árboles y el famoso jardín de Cavanelles, en el raval de San Vicente extramuros, representado por una gran superficie rectangular dividida en seis cuadrantes. Si bien este dibujo detalla poco los jardines, nos ofrece un panorama general de la relación viva que existía en el siglo xvi entre la ciudad y el campo circundante.

Por el grafismo distinguimos árboles de sombra y palmeras, agrupados o diseminados por los huertos y éstos alternan con otros más arbolados, que por sus construcciones se podrían asociar a casas de campo señoriales.

No era ésta la única zona de Valencia en la que había jardines, como lo demuestra el plano trazado en 1595 por Ascensio Duarte titulado «Mapa de la huerta y contribución particular de la Ciudad de Valencia». En él se distinguen claramente tres jardines cuyo dibujo detalló su autor de manera especial, lo que nos hace ver la importancia que se les daba en la Valencia del siglo XVI. Dos de ellos están situados en el cuartel de la Ruzafa y el tercero en el de Benimaclet. En ellos observamos los rasgos renacentistas por la valoración del trazado geométrico y las simetrías perfectas, tanto en la composición, empleando cuarteles con planta de crucero, como en las plantaciones. Las especies vegetales parecen, por el grafismo, cipreses rodeados de setos circulares o cuadrados, alternando en ocasiones con otros árboles de copa que bien podrían ser naranjos o limoneros.

El jardín de Benimaclet, a la derecha en el plano, es más sencillo ya que sólo se le representa con cuatro grandes árboles con una fuente en el centro.

Para acercarnos a la estructura interna de estos jardines valencianos del siglo XVI, contamos con una detallada descripción de Gauna, por la que sabemos que en 1599, el jardín del Palacio Real se componía de varias partes, cada una con un tratamiento diferente pero intercomunicadas.

Tenía una parte de gran refinamiento, en donde predominaban las notas características de los jardines árabes (color, aroma, agua). Contigua a él estaba la famosa “huerta del Vivel”, de donde precisamente tornaron el nombre de Viveros. La huerta era, en realidad, un jardín de planta de crucero, en cuyo centro se elevaba el vivel (una especie de tabernáculo con cuatro fachadas a modo de quiosco o cenador hecho de cañizos, naranjos y mirto, y culminado con un cimborrio). Los cuatro cuadros del crucero, limitados por setos de mirto, estaban plantados de toda clase de frutales.

A esta zona le sucedía otra de huerta propiamente dicha, y ambas comunicaban entre sí por una portada de naranjos y arrayanes. Estos pasos sucesivos, enfatizados por grandes portadas ornamentales nos hacen ver claramente la transición del jardín a la huerta en un esquema de integración gradual para formar un conjunto único que engloba el arte del jardín con el de cultivar todo tipo de productos que puede producir la tierra, incluso sin renunciar al rendimiento económico que de ellos se pudiera obtener.

Capítulo aparte merecerían los huertos de los numerosos conventos que existieron en Valencia. tanto intramuros (que podemos ver en el plano de P. Tosca), como extramuros y también los huertos adosados a algunas casas del centro de la ciudad. En ambos casos la función principal de estos huertos era la de abastecimiento propio, lo cual incluía en muchos casos, además de hortalizas y frutales, plantas medicinales y flores o plantas ornamentales.

Al mismo tiempo, existían también alrededor de la ciudad huertos tradicionales, destinados exclusivamente al cultivo de productos agrícolas con fines económicos. Éstos, aún cuidados con esmero y cercados con cañizos o setos vivos, incluso en el caso de que contuvieran algunos árboles ornamentales, no tenían nada que ver ni en su concepción ni en su uso con los huertos-jardín a los que nos estamos refiriendo. Sin embargo, el hecho de que se les llame «huerto» en ambos casos, ha sido motivo de confusión en cuanto a su contenido y significado histórico. Por ello, al término de huerto-tradicional se podría contraponer el de huerto-jardín que emplearemos para nombrar aquellos grandes jardines valencianos que seguían conservando una zona de huertos, pero entendida como parte indispensable del jardín y perfectamente integrada en él.

(Este artículo está publicado en el libro El Jardín de Monforte, 1993)

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